Porfirio López

90 % honestidad, 10 % experiencia.

El presidente Andrés Manuel López Obrador ha dicho en diversas ocasiones cuando se le cuestiona sobre el talento, capacidad técnica o preparación profesional que prefiere a funcionarios en su gabinete con noventa por ciento de honestidad y con diez por ciento de experiencia. Ahora que están corriendo los meses de su gestión presidencial esa ecuación parece que no le está dando resultados debido a los indicadores negativos que acumula la gestión denominada Cuarta Transformación.

En materia de seguridad pública Alfonso Durazo Montaño un funcionario sin experiencia en el área no ha dado los resultados esperados, en materia energética Rocío Nahle ha hecho tremendos ridículos a nivel internacional y Manuel Bartlett acusado de incurrir en casos de corrupción tiene al sector eléctrico al borde del colapso,  lamentables han sido el secretario de Salud Jorge Alcocer y el titular del IMSS Zoe Robledo, los cuales ante la crisis de salud pública permanecen pasmados en las conferencias matutinas del presidente, ni hablar del director del ISSSTE Luis Antonio Ramírez que aún no se sabe que resultados ha entregado y la única nota que generó fue cuando lo presentaron al ser hijo de Heladio Ramírez ex gobernador priista de Oaxaca.

Si se van desglosando los integrantes del gabinete lo que uno encuentra es una retahíla de funcionarios que no aparecen, que están ausentes, que no emiten declaraciones, ni generan nota. Pasan las efemérides, los problemas económicos y sociales y como si no hubiera titulares de las dependencias públicas. La secretaria de Gobernación Olga Sánchez Cordero se hace pública por decir que toma nanopartículas cítricas y nada más, el secretario de Hacienda Arturo Herrera prácticamente pasa desapercibido, algo nunca visto en un titular de Hacienda, a pesar de estar en la peor crisis económica y con el entorno adverso del país.

El secretario de Agricultura y Desarrollo Rural Víctor Villalobos, el titular de la Sedatu Román Meyer, la responsable de Conagua Blanca Elena Jiménez, la encargada de Cultura Alejandra Frausto, el secretario de Semarnat Víctor Manuel Toledo parecen que se fueron del país o están de vacaciones, nada se sabe de su accionar al frente de las dependencias o cual es su programación de actividades.

El resto, Irma Eréndira Sandoval en la Función Pública habla todos los días de corrupción y no atrapa a nadie, en la SEP Esteban Moctezuma esta echado en los brazos del SNTE y de la CNTE, en Comunicaciones Javier Jiménez Espriú está ocupado vendiendo fierro viejo de la obra del aeropuerto cancelado, en la secretaría del Trabajo Luisa María Alcalde permanece fiel a los programas clientelares de la Cuarta Transformación, igual suerte tienen María Luisa Albores en la secretaria de Bienestar y Graciela Márquez titular de Economía. En Relaciones Exteriores Marcelo Ebrard se siente cómodo viajando lo mismo a Estados Unidos y Europa que traduciendo diálogos de un presidente que no articula palabras en inglés. 

En síntesis, lo que tenemos es un gabinete que no cuestiona, que no hace declaraciones, que voltea a un solo lado, que no tiene óptica para repensar el país, que parece tener un miedo terrible al presidente y mejor elige pasar desapercibido, ajenos a los reflectores mediáticos. Así nadie tiene que reclamarles nada, ni se comprometen a nada, la lealtad y el compromiso del gabinete legal y ampliado es a un solo hombre, a quien lo envuelve un aura de autoridad moral por encima de todo, casi como catecismo o doctrina. 

Todos los reclamos que los reciba el presidente, todo el golpeteo contra él, porque el presidente es el hombre fuerte, los demás nada más callan, acatan, obedecen. Quizá por ello el presidente ahora ha elegido pasar como un ignorante en temas que se suponen son trascendentes para la vida pública del país, de ahí sus amagos de desaparecer todo lo que él diga o le parezca incomodo a su ideal de administración pública. Se esfuman fideicomisos, se extinguen organismos autónomos o se colocan a personajes sin experiencia en el sector que regulan la actividad energética o las telecomunicaciones.

No es novedad que el presidente López Obrador diga que no sabe qué hace la Comisión Federal de Competencia (Cofece) a pesar de que dicho organismo le envía al Ejecutivo un informe trimestral por obligación constitucional y ahora diga que no conoce que es el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) en un país retacado de discriminación. Esas declaraciones pintan al presidente como un ignorante, pero se le perdona porque es honesto, él ha dicho que lo acusen de todo, menos de corrupto. 

Dentro de ese pensamiento presidencial hay que reconocer el porque para él no importa la racionalidad, ni la técnica, en la Cuarta Transformación se es honesto y en automático se recibe la bendición presidencial, por eso presentó su decálogo para salir del confinamiento como si fuera un sermón cristiano o un presidente de un club de optimistas. Para el presidente que tenemos hoy, no importan credenciales tecnocráticas, ni los títulos académicos, no importa el PIB, no interesa el crecimiento económico, ni los bienes materiales, no importan las instituciones, lo mejor para el presidente es mandarlas al diablo, como él mismo lo expreso en sus tiempos de presidente legítimo. 

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