Porfirio López

Campañas electorales ¿Qué hemos aprendido?

Porfirio M. López

¿Qué hemos aprendido de las campañas electorales ocurridas en las últimas décadas? De la fundación del IFE (hoy INE) a la fecha se han desarrollado una infinidad de campañas electorales y hemos tenido una enorme cantidad de candidatos y candidatas disputando espacios de poder público. Algunas campañas políticas han sido ejemplares y otras no tanto. Ha existido en todo ese tramo democrático un aprendizaje sobre lo que se debe hacer y sobre lo que no se debe realizar en una campaña electoral.

A pesar de los avances democráticos, de la instalación de un Tribunal Electoral, de una Fiscalía Especializada en Delitos Electorales  y las reformas a las leyes electorales, la desconfianza en la clase política ha aumentado, las acusaciones sin fundamento que hacen candidatas o candidatos de los diversos partidos políticos siguen vigentes, la corrupción, opacidad e impunidad de los actores políticos se volvió un asunto cotidiano y el dinero corriendo bajo la mesa de cada candidato o candidata, cada que hay una elección es un asunto común.

Hoy tener más partidos políticos no es sinónimo de mayor participación ciudadana, diversas elecciones han elevado el grado de abstencionismo, tener organismos electorales vigilantes de los procesos electorales y de los partidos políticos ha sido una labor incesante y extenuante que ha terminado por aumentar la percepción social que tenemos la democracia más costosa del mundo. Adecuar los marcos legales para castigar delitos electorales no ha hecho que el ciudadano mexicano crea que su país sea una democracia madura. Hoy tenemos por ejemplo que el presidente nacional del partido mayoritario y que posee el gobierno federal sigue hablando de fraude electoral

Todo lo anterior se refleja en los ya nominados candidatos que se tienen a las diversas gubernaturas estatales, a las diputaciones federales, diputaciones locales y gobiernos municipales bajo el esquema de alianzas. Dichos candidatos que aparecerán en las boletas electorales el próximo 6 de junio se encuentran en una fase de enfrentamientos verbales, de protagonismo de baja intensidad para viralizar discursos o declaraciones en las redes sociales como Twitter y Facebook, se disputan los espacios noticiosos digitales y se desbocan en encuentros con dirigentes de partidos políticos para hacer alianzas que les aseguren puntos porcentuales en una elección.

La violencia verbal se desatará de aquí al desarrollo de la elección, las acusaciones de corrupción irán y vendrán de un candidato a otro y todos aspirarán a la transformación de la entidad, del distrito o del municipio que quieran presidir. Las próximas campañas electorales estarán repletas de pura estridencia porque así se ha transitado en las últimas elecciones federales, estatales y locales, esa ha sido la escuela que se ha inaugurado desde el año 2000, cuando Vicente Fox utilizó un lenguaje soez para descalificar a sus adversarios y ganó la presidencia de la República, después apareció el hoy presidente Andrés Manuel López Obrador en 2006 y  a partir de ese año no ha cesado en descalificativos negativos a las instituciones electorales y al resto de los partidos políticos. Esa verborrea presidencial es la que ocupan los candidatos y candidatas del partido oficial para generar clientela electoral.

En la coyuntura política que vive el país no hay político o política que no utilice el agravio para denostar al adversario. Antes que había escasa representación política las acusaciones eran todas para el PRI. Como ahora el PRI está lejos de las preferencias ciudadanas, todos los partidos políticos y sus representantes se reparten culpas, son acusados de corrupción, de no rendir cuentas, de opacidad, de desviar fondos públicos, de crear empresas fantasmas, de tener políticos “chapulines”. Ello ha causado una gran desconfianza social que se ha ido convirtiendo en un rencor cotidiano cuando se realiza un sondeo de opinión o cuando se pregunta a un familiar, un estudiante, un obrero, un ama de casa o vecino sobre los representantes de la clase política y su comportamiento en el poder público.

Otro factor que refleja el aprendizaje negativo de las campañas electorales son los resultados que dan las elecciones y la narrativa que se inventa desde el partido gobernante. Todavía existen actores políticos que vociferan sin fundamento que en México se roban elecciones, a pesar de que éstas las vigilen los ciudadanos y se inviertan millonarios recursos públicos para realizar labor informativa e intentar educar en valores cívicos a los ciudadanos. Acusaciones de todo tipo las tenemos vigentes y ello ha incrementado la desconfianza en los organismos electorales, en las fiscalías y en los tribunales estatales y federales.

Azuzar desde el atril presidencial cada mañana la institucionalidad democrática no ha permitido que la democracia se consolide como sistema para ganar o perder elecciones, a pesar de la capacitación, de la información, del Servicio Profesional Electoral, de las convocatorias ciudadanas, de las vocalías, de las juntas distritales, de las oficinas, de los reconteos de votos, de la captura estadística de elecciones pasadas, de los módulos móviles para sacar la credencial de elector y del enorme ejército de ciudadanos y ciudadanas que organizan elecciones. A pesar de todo ese esfuerzo institucional existe quien acusa e insiste que el organismo electoral ha sido partícipe de fraude en confabulación con los partidos políticos.

El aprendizaje de las campañas electorales es aún limitado, parte de esa limitación es porque el presidente de la República ha insistido en ser un actor preponderante en tiempos electorales y fija una agenda que trastoca facultades, generando con ello erosión de las instituciones democráticas. En campaña electoral se pueden gastar millonarios recursos en pesos mexicanos y todo ello se fiscaliza, los partidos gobernantes han intentado por diversos medios inclinar la balanza electoral para no perder representación política. Así lo hemos presenciado desde tiempos de Roberto Madrazo, pasando por los Amigos de Fox, por el Pemexgate, por las tarjetas Monex, por la entrega falsa de recursos luego del sismo de septiembre de 2017 y ahora con la intromisión del partido Morena y del presidente de la República de cara a la elección del 6 de junio.

La finalidad del presidente López Obrador y de su partido, es la misma finalidad de los partidos gobernantes de ayer: no perder el poder, afianzar su mayoría legislativa y seguir disfrutando de la corrupción, la opacidad y la impunidad. Por lo pronto las campañas que vienen para estados y municipios vista desde cualquier ángulo reflejarán lo mismo que hemos presenciado en los últimos años y que parece se resiste a cambiar: alianzas conveniencieras, pragmatismo político, políticos viejos y nuevos prometiendo lo mismo, violencia en redes sociales y violencia criminal, partidos políticos con agenda del siglo pasado y baja intensidad de la sociedad civil.

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