Regionvalles

Porfirio López

Cien días

¿Qué se puede evaluar en cien días de ejercicio gubernamental? Prácticamente nada, sería la respuesta. Los cien días de gobierno se volvió una moda, por ejemplo, muchos presidentes municipales han dicho que en cien días van a revolucionar el ejercicio gubernamental, diversos gobernadores se colocan esa cifra de días como meta para diferenciarse de sus antecesores y los presidentes de la República han tomado los cien días para presumir sus primeras acciones al frente de la titularidad del Poder Ejecutivo.

Pero la realidad nacional de los últimos veinticinco años indica que ya sea en el plano local, en el estatal o federal cien días de gobierno no sirven para evaluar ni una política pública, ni los resultados de una acción de gobierno, ni la eficacia de los servidores públicos. Los cien días lo único que ofrecen es una andanada de declaraciones, de posicionamientos, de amagos, de reestructura de puestos públicos y de altas expectativas que conforme van corriendo los años de ejercicio de gobierno desgastan a quien ostenta el poder público.

Cien días sirven para visualizar comportamientos políticos, revisar declaraciones, comprender acciones de la clase que llega a gobernar, conocer perfiles de funcionarios públicos de primer, segundo o tercer nivel. Pensar que con cien días de gobierno es suficiente para vislumbrar acciones de gobierno es aventurado en la mayoría de los casos. Los cien días por la naturaleza del número se volvió un asunto emblemático a partir de los cien días de Franklin T. Roosevelt decretados en el año de 1933 como una salida a la crisis financiera de 1929, pero no es la panacea para tener crecimiento económico sostenido ni para entender, analizar y evaluar un gobierno.

Así hemos tenido en los últimos sexenios presidentes de la República con altos indicadores de aprobación o aceptación ciudadana, en su momento Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox o el mismo Enrique Peña Nieto tuvieron en sus primeros cien días arranques meteóricos, complejos y polémicos. Firmaron acuerdos, planearon la construcción de secretarías de Estado, anunciaron planes sexenales, reestructuración de deuda pública, enormes obras de infraestructura, metieron a la cárcel a políticos acusados en medios de corrupción, combatieron el crimen organizado, presentaron sus acuerdos para la mejora del país, reivindicaron promesas ante los pueblos indígenas, llenaron las plazas públicas de promesas de justicia social, entre otras tantas ilusiones de política social- electoral.
Ahora que el presidente Andrés Manuel López Obrador está en sus primeros cien días de gobierno el tema es similar a sus antecesores. Presentará a cien días sus primeros anuncios, sus primeros planteamientos y sus primeros integrantes del gabinete. Pero en la práctica poco se puede evaluar y muy poco se puede medir en razón del impacto social que genera una acción de gobierno a cien años de tomar el poder público.

Al igual que sus antecesores al presidente López Obrador le estallaron los problemas apenas se instaló en el Palacio Nacional. Ante su meteórica agenda nadie ve todavía en los pasillos de Palacio Nacional donde ha colgado su hamaca que según él había dicho que necesitaría para descansar. Al contrario, lo que hemos visto en cien días de gobierno es altas dosis de incertidumbre en los mercados financieros, altas dosis de tensión con sectores de inversión nacional e internacionales y demasiada exposición mediática del presidente de la República que aún no se sabe con precisión si ello le va a redituar en resultados al momento de avanzar en su sexenio.
Cien días son insuficientes para saber si el gobierno del presidente va a ser exitoso, si acaso cien días sirven para observar -como diría Daniel Cosío Villegas- el estilo personal de gobernar. Por los cien días que lleva el presidente López Obrador se puede decir que el estilo personal de gobernar del tabasqueño está imbuido de terquedad, de dichos, de gracejadas, de burlas y de dosis de soberbia al saber que tiene amplio respaldo popular y que tiene su mira puesta en la política electoral, más que en la política social.

Para los que pensaron que llegar a la presidencia iba a domesticar a López Obrador, se equivocaron, hoy tenemos a un presidente rijoso porque así le gusta a sus amplias capas de seguidores, para los que pensaron que López Obrador iba a ser implacable con la ley y la justicia se han equivocado porque todavía no cae nadie del anterior sexenio en la cárcel o les investiga por la comisión de un delito y para los que creían que López Obrador como presidente iba a ser diferente se equivocaron porque el presidente lleva toda la agenda de medios, plantea la agenda legislativa, ordena y fustiga desde su púlpito matutino sin que ningún miembro de su gabinete le haga sombra.
El actual sexenio llega sus primeros cien días, igual que como llegan los presidentes municipales y los gobernadores de los estados a sus cien días, retacados de promesas, con clientelas políticas, con amplias capas ciudadanas que no los aceptan, con alta incertidumbre entre la clase empresarial, con abundante discurso, con la idea de hacer cosas públicas de forma diferente, con sus ideales y convicciones fuertes. Es en el transcurso del ejercicio gubernamental donde se va definiendo la percepción de eficacia y eficiencia gubernamental y es de estos dos conceptos donde viene la idea de que quien gobierna lo hace bien y mejor que su antecesor. Si esa eficacia y esa eficiencia no transforma la realidad cotidiana de los ciudadanos en el corto y mediano plazo, entonces esos mismos ciudadanos que votaron masivamente por López Obrador, por un gobernador o por un presidente municipal esperanzados en sus discursos, le pueden tener sorpresas en las próximas elecciones. Al final de cuentas así hemos entendido la cuestión democrática en un país como México en los últimos veinticinco años.

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