Opinión

Corrupción contra simulación.

El gobierno federal ha encabezado en voz del presidente de la República Andrés Manuel López Obrador una cruzada contra la corrupción, esa fue la bandera emblemática que lo catapultó a ganar la elección federal de 2018. Después de más de una década de estar “machacando” con el tema, el presidente López Obrador insiste en que esa es su más grande afrenta. “Barrer las escaleras de arriba para abajo” decía en campaña el político tabasqueño, desde esa óptica se terminaría con ese problema. Hoy estamos en la disyuntiva si la lucha contra la corrupción es seria o solo será una simulación.

Han pasado dos años de gobierno federal y la bandera de combate a la corrupción sigue ondeando cada que el presidente se siente acorralado por voces disidentes o cada que vez que le recuerdan algunos reporteros en su conferencia mañanera que sus decisiones en materia de seguridad, economía, empleo, salud, desarrollo social, equidad de género y medio ambiente no funcionan o no generan resultados.

Hoy tenemos de nueva cuenta en la mira del presidente nuevo discursos contra la corrupción. El caso del ex director de Pemex Emilio Lozoya, el caso del ex gobernador de Chihuahua César Duarte y la cacería en Canadá para detener y extraditar a Tomás Zerón de Lucio ex director de la Agencia de Investigación Criminal de la PGR, son parte de la retórica que el presidente López Obrador se apresta a explotar con la finalidad de recuperar su credibilidad respecto a su idea de lucha contra la corrupción del antiguo régimen.

Los tres casos emblemáticos de la corrupción del gobierno federal anterior encabezado por Enrique Peña Nieto son parte de lo que hoy se ofrece en bandeja de plata para suavizar el escenario nacional presidencial golpeado por la crisis del Covid-19. En tiempos donde la situación del sistema de salud permanece en colapso permanente, donde no hay resultados efectivos en el combate a la violencia criminal, donde no hay indicadores de recuperación económica, donde organismos internacionales como la CEPAL o el Banco Mundial anuncian el desfonde de la economía nacional, donde no se ve recuperación de aquí a la mitad del año próximo, la llegada de Lozoya, Duarte y Zerón de Lucio son un bálsamo para la imagen del presidente.

Un presidente como López Obrador que vive diariamente de la imagen y el símbolo ve en esos tres casos emblemáticos de corrupción una tabla de salvación a su idea de proyecto de nación. Antes de esas tres noticias que rodean enormes suspicacias e incertidumbres sobre la clase política que hoy se encuentra en diversas posiciones de poder, la imagen y los símbolos del presidente venían en picada, su idea de purificar la vida pública se le estaba yendo de las manos debido al desastre que había mantenido en el tema de la pandemia del Covid-19.

Ahora ya con Emilio Lozoya en México, el presidente respira. Tendrá arsenal suficiente las próximas semanas para arremeter contra lo que él llama conservadores, adversarios o enemigos de la 4T. La retórica que usará el presidente es la misma que ya hemos escuchado desde hace más de una década y que tantos réditos le otorga siempre que habla de su idea de combate a la corrupción y lo que él encabeza. En ese sentido, el presidente de la República no actúa como tal, sino como un estratega electoral que está viendo como posicionar un discurso e imagen de cara a la elección del año próximo.

Al presidente de la República no le interesa afianzar el Sistema Nacional Anticorrupción, ni resolver el tema de la violencia criminal, mucho menos acusar desde el púlpito presidencial a su antecesor Enrique Peña Nieto, el presidente López Obrador no ve con agrado otorgar recursos a organismos defensores de los derechos de las mujeres, al presidente le interesa afianzar su imagen inmaculada de hombre honesto y desde ahí arrojar luz sobre los probables candidatos que emerjan de su partido político.

En la actualidad tenemos a un presidente que se molesta cuando un grupo de personajes publica un desplegado en un periódico, a ellos les dedica una andanada de críticas, el presidente López Obrador descalifica al INE y habla de fraudes electorales, pero mantiene como ejemplos de honestidad a Manuel Bartlett Díaz operador de la caída del sistema en 1988, el presidente López Obrador se asume víctima y dice ser el presidente más atacado por la prensa, pero se le olvida que el trabajo de la prensa no es alabar su mandato o sus acciones públicas, en ese sentido al presidente López Obrador parece que se le olvida que vive en y para la democracia.

Estamos ante el riesgo de que la corrupción persista y todo quede en una simulación como se hacía en el antiguo régimen político que hoy el presidente López Obrador dice está combatiendo. Ante la persistencia de la corrupción o simulación el problema latente es caer  bajo un esquema de democracia autoritaria, guiada por la figura presidencial carismática; tenemos los ingredientes para ello: un presidente con alta aceptación popular, un Poder Legislativo dócil con mayoría del partido del presidente de la República, partidos de oposición de baja intensidad y escasa representatividad, acoso permanente a la libre expresión, empresarios sometidos por el arrebato hacendario-fiscal, la debilitación de organismos autónomos y la fragilidad de organizaciones de la sociedad civil.

A todo eso hay que sumar el desastre que se vive cotidianamente derivado de la pandemia de Covid-19. La crisis sanitaria que vivimos ha dejado muestras que a nivel federal todo se ha hecho mal: el confinamiento, la compra de medicinas, el uso del cubre bocas, el semáforo de contagios, la cifra de fallecimientos, la saturación de hospitales, el ciclo escolar, la seguridad pública y la forma de comunicar. Todo eso ha limitado y ridiculizado la acción de gobernadores y presidentes locales. Sabedor de todo esto, el presidente López Obrador alardeo en meses pasados que la pandemia le había caído como anillo al dedo, por ello sonríe a plenitud y sale a comer con su esposa, porque la llegada de Lozoya, Duarte y Zerón le ayudaran a levantar su imagen, porque eso le gusta y sabe que presumir casos de corrupción le sobran de aquí a que acabe su sexenio, en eso está entrenado, en denunciar, alardear y no hacer nada, solo dejar pasar para esperar la siguiente elección y si algo sale mal echará culpas al pasado, porque el presidente está empecinado en que nada perturbe su doctrina e ideal de proyecto.

 

 

 

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