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La Danza del Gavilán y los Voladores de Tamaletom; patrimonio de la Huasteca

La Huasteca Potosina, es sin duda una tierra que aún en pleno 2019 esconde muchos secretos relacionados con su pasado, un pasado que, con el correr de los años, fue forjando lo que al día de hoy es la cultura Tének, sin embargo muchos de estos aspectos han ido despareciendo conforme cambian las hojas del calendario.

Unos tantos han comenzado a surgir en las últimas décadas (si hablamos de los hallazgos hechos en sitios arqueológicos, que poco a poco han ido contribuyendo al conocimiento de diversos aspectos de quienes habitaron estas tierras en el pasado), otras más han sido rescatadas y muchas más, como ya se comentó, permanecen ocultas, ahí, fuera incluso de la imaginación de quienes día con día recorremos esta región y posiblemente así permanezcan, o no.

Un ritual que se negó a morir pese al paso de los años es el, ahora famoso, ritual del volador, o danza
del gavilán, el cual, al igual que muchos de los rituales prehispánicos está asociado a la fertilidad, pero también refleja la identidad de los Tének, su relación con el medio ambiente y su cosmovisión.   

La práctica de esta danza se remonta hasta el periodo preclásico medio (del año 800 A.C. al año 400 A.C.) y fue practicada por las culturas Mesoamericanas tanto de la zona del Golfo como del pacífico según las últimas investigaciones.

Al igual que pasó con muchas de las costumbres y tradiciones de los pueblos originarios, con la llegada
de los conquistadores, este ritual se fue adecuando con el paso del tiempo y se le fueron incluyendo prácticas relacionadas al catolicismo, hasta ser como se practica hoy en día.

De acuerdo a la investigadora y autora del libro
“Una historia de sol y viento, la danza del volador Teenek de la Huasteca Potosina: entre lo sagrado, lo prohibido y las declaratorias de patrimonio”, Claudia Rocha Valverde, esta transformación llevó a este ritual a ser no más que una especie de espectáculo circense durante un periodo de la colonización desvirtuándolo a tal grado que lo alejó por completo de su propósito y su esencia ancestral, algo como lo que ocurre hoy en día ya que esta danza suele ser presentada como atractivo turístico en parques ferias y festivales.

El ritual

Este ritual comienza con la búsqueda del “palo volantín”, labor que realizan entre varios hombres que se internan en la maleza en busca de un tronco que cumpla con las características requeridas para poder realizar esta danza, ahí se realizaban danzas y se llevaban ofrendas a los dioses, en medio de la jungla.

El vuelo solo es una parte del ritual que se lleva a cabo durante varios días, durante éstos se llevan a cabo oraciones, danzas y se entregan ofrendas en el sitio donde se instaló el mástil.

Para el vuelo en sí se prepara un palo de al menos 15 metros de largo, para que permita a los voladores dar 13 vueltas alrededor de éste mientras descienden en círculos.

Cuatro voladores y un capitán suben a lo alto del mástil. Ahí, el K´ohal (capitán) invoca a las deidades haciendo sonar un silbato que imita la voz de las aves, bebe aguardiente y saluda hacia el este, de donde sale el sol; hace una reverencia al norte, voltea al oeste y hace lo mismo hacia el sur.

Ahí, en ese pequeño espacio en lo alto baila haciendo reverencia a los cuatro rumbos cósmicos mientras toca con una pequeña flauta de carrizo diversas melodías que han pasado de generación en generación y las acompaña con un pequeño tambor
mientras el resto de sus compañeros se lanzan al vacío permaneciendo bocabajo con los brazos extendidos simulando a las aves en pleno vuelo, todo esto mientras al pie del palo, las mujeres acompañan el descenso haciendo danzas con pasos cortos. 

El rescate

De acuerdo con los escritos del antropólogo Guy Stresser-Péan en la Huasteca Potosina, el ritual del vuelo se llevó a cabo en lugares como  Tampemoche Aquismón, donde desapareciendo cuando se separó ésta de la hacienda en el siglo XIX; Tampate
y la antigua ciudad indígena de Ojitipa en Aquismón, danza desaparecida en el siglo XIX; Tzinejá Huehuetlán, desapareció durante la Revolución 1910 a 1920, pero se revivió para la inauguración de una escuela en 1932; Tamaletom Tancanhuitz, desaparecida en la Revolución, reposición en 1922 y 1938; Tiutzén Tampamolón, sin fecha registrada de desaparición; El Lejem San Antonio, desaparecida durante la Revolución; Tocoymom Tanlajás, desaparecida durante la Revolución, reposición en 1922 con danzantes de Cuayalab;
Xilatzén y El Munec de la hacienda de Tancolol, desapareció la danza en la revolución cuando la hacienda fue incendiada; Cuayalab y Tzantzán, desaparecida durante la Revolución, reposición en 1922 pero representada en Tanlajás; Tancuiche, desapareció la danza en el siglo XIX, cuando entró el desarrollo del transporte fluvial que europeizó Tancuiche; y en Ciudad Valles no se investigó porque era una zona europeizada, pero se cree que se desarrolló antiguamente y se conservó en la zona indígena.

En 1937, Stresser-Péan llegó a la zona Huasteca para investigar la danza del volador encontrándose
con que para ese entonces su práctica ya había desaparecido por completo emprendiendo así la búsqueda por tratar de rescatar esta tradición en los poblados huastecos, encomienda que en un principio no fue sencilla, pero tras toparse con varios rechazos finalmente en la comunidad e Tamaletom en el municipio de Tancanhuitz los pobladores accedieron a retomarla tras casi 20 años de haber sido interrumpida, y este es el púnico sitio hasta el día de hoy donde se practica esta danza de forma regular y lo más apegada posible  a su significado ancestral, y donde a diferencia de otros sitios de la república donde se utiliza un mástil de hierro, el palo volantín sigue siendo de madera..

En riesgo

Pese a los esfuerzos que durante décadas esta comunidad ha hecho por décadas para mantener viva esta tradición por momentos pareciera que está en riesgo de dejar de practicarse, debido principalmente al fenómeno de migración, ya que al ser una comunidad de escasos recursos los más jóvenes tienen que partir hacia otros lugares parta buscar el sustento para su familia ausentándose por largos periodos.

“Esta parte, de la preservación, está costando cada vez más trabajo, es difícil tratar de mantenerse
si no tienen por ejemplo un salario, si son personas que tienen que salir de sus comunidades una mejor forma de vida, tienen que emigrar en muchos de los casos, entonces ahí es donde se rompen las tradiciones porque no hay quien les de seguimiento”, comentó Rocha Valverde.

“Sabemos que los Tének se desplazan mucho a la ciudad de Monterrey se emplean como obreros, pero el caso de los voladores, en algunas ocasiones se contratan como jornaleros y si el jornal es mejor pagado en otro estado del país pues se mueven y esto evita que se mantengan aglutinados en su comunidad, y tienen que salir para resolver la parte económica” agregó.

Más voladores

Sin embargo, a pesar de las adversidades, los esfuerzos por mantener viva esta tradición se están creando grupos de voladores en otras comunidades además de Tamaletom “hay cuatro grupos de voladores uno de ellos es de Estéban Martínez, que es un capitán de vuelo muy joven, que está empezando a formar otros voladores en Tanchahuil donde ya tienen palo volantín”.

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