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Íconos de la Huasteca

Los creyentes del fuego y de la Virgen de Guadalupe

Realizan el tradicional recorrido con la antorcha de la fe

Pareciera un día cualquiera, pero la fecha marcaba uno de los más importantes en la fe de la religión católica, los preparativos se habían hecho desde meses atrás, el papeleo y permisos eran interminables, tanto ante las corporaciones policiacas, ayuntamientos, diócesis como muchas oficinas más.

Todo se había cumplido, el día había llegado y no había nada que impidiera que aquellos jóvenes y adultos, despertaran dispuestos a dejar tal vez la vida entera en un recorrido desde la región Huasteca de San Luis Potosí hasta la Basílica de Guadalupe, en la Ciudad de México.

Ya amanecía, y ellas y ellos se encaminaban al punto de reunión en sus iglesias católicas, para de ahí partir a la Ciudad de México en varios vehículos.

Allá, en la insigne y nacional Basílica de Guadalupe, en aquella ciudad que pareciera que todo es rápido y el tiempo vale oro, llegaron los creyentes dispuestos a llenarse de fe, dispuestos a cumplir con mandas que desde hace años han hecho.

Iban acompañados de amigos, vecinos o compañeros de estudios, todos ellos a cumplir con su promesa a Santa María de Guadalupe y recibir del cirio pascual en el altar mayor, el fuego que traerán hasta la iglesia de donde partieron días antes, pero ahora caminando en relevos.

Con la emoción a tope, el corazón latiendo como si de un tambor militar se tratara, salen de la Basílica de Guadalupe, y aquellos jóvenes, algunos quizá adultos, uno a uno en todo el trayecto van pasando de mano en mano el fuego que en una antorcha traen orgullosos.

En ese momento, se olvidan de problemas, de dolores, de inquietudes, de todo lo mundano y llenan su espíritu, su alma, su cuerpo de fe; no hay cansancio, no hay hambre, ni fatiga, sus creencias los colman de tal forma que ni el frío congelante han resentido en sus cuerpos.

Ellos, desde el momento en el que recibieron la antorcha guadalupana, y aunque sea poco el trayecto, cumplieron como cada uno de sus familiares y amigos, que año con año lo hacen desde muchos tiempo atrás, porque en la Huasteca es una tradición, todos participan y no hay distinción de colores, razas, ni condiciones económicas, en ese momento todos son iguales sin importar de que familia provengan.

Llenos de fe, cantan, gritan, saltan, bailan de alegría, al ser quienes llevan el fuego en esa antorcha que muchas horas después y más de 400 kilómetros recorridos, llega a su destino.

Los esperan cientos de personas, familias enteras, entre cantos, alabanzas, aplausos, pirotecnia, en la fiesta en honor a Santa María de Guadalupe, y traen con ellos el fuego desde el segundo templo católico más visitado del mundo, que este 2018 aumentó su asistencia a más de 11 millones de peregrinos durante estas celebraciones Marianas.

El fuego es compartido con todos quienes con veladora o vela en mano se acercan, todos celebran la llegada de esos peregrinos que partieron al menos dos o tres días antes y que llegan sanos y salvos.

Para ese momento ya les ha cambiado la vida a quienes este año participaron, y más aún sin siquiera saberlo, pues su propia fe, esa desbordante, la que se les ha inculcado desde generaciones atrás, los ha convertido desde hoy y para siempre en creyentes del fuego.

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