Porfirio López

Los informes de gobierno: ¿sirven de algo?

Estamos en plena temporada de informes de gobierno, ya paso el informe a nivel federal, a nivel estatal y a nivel local. ¿Qué ha cambiado respecto a los rituales de informe de gobierno del viejo régimen político? ¿Qué cambios han generado los nuevos informes de gobierno? ¿Cuál es su utilidad en el marco de la participación ciudadana? ¿Qué finalidad persigue presentar un informe de gobierno? ¿Realmente el ciudadano está ávido de la información que un presidente de la República, que un gobernador o que un presidente municipal exponga ante un cabildo, auditorio o ante una plaza pública? ¿Son los informes de gobierno lo que se necesita en un panorama de complejidad, dosis de incertidumbre, alto nivel de incidencia delictiva y bajo crecimiento económico? ¿Es realmente un informe de gobierno una serie de resultados concretos, medibles, alcanzables y verificables para evaluar la acción gubernamental?

Muchas preguntas rondan en el escenario cuando se habla de informes de gobierno. Lo que más asombra es que a pesar de los cambios democráticos y de la tan anunciada Cuarta Transformación de la vida pública, los informes de gobierno siguen siendo una retahíla de alabanzas en torno a una figura: en el caso del gobierno federal, el presidente de la República, en el caso del gobierno estatal, el gobernador del estado y en lo local, el presidente municipal. Y lo que raya en la ridiculez política es que ahora hacen y presentan informes el senador de la República, el diputado federal o el diputado local, aunque estos sean unos perfectos desconocidos para amplias capas ciudadanas.

En todos esos casos el informe no es una autocrítica, no refleja la realidad, sino es una presentación de datos, de cifras, de contrastar lo que ahora se hace presumiblemente bien y que antes no se hacía. De ahí la inutilidad de los informes de gobiernos. La confusión permanente entre la rendición de cuentas, un ejercicio de transparencia, una práctica de participación ciudadana y el elogio personal o la reivindicación de la figura del Poder Ejecutivo en los tres órdenes de gobierno.

En torno a los informes de gobierno se sigue privilegiando a quien detenta el poder público,  aunque ahora se diga que estamos en una Cuarta Transformación de gobierno, por eso el presidente de la República presume sus logros a pesar de tener un amplio sector que le refuta sus programas sociales, sus agravios verbales y sus conferencias matutinas, por eso el gobernador de cualquier estado presenta avances de su primer, segundo, tercer o cuarto año de gobierno a pesar de que amplias capas ciudadanas le exijan seguridad, empleo y le llenen los espacios públicos de manifestaciones, por eso los presidentes municipales emanados de cualquier partido político presumen sus logros, sus pavimentaciones, sus obras de drenaje y alcantarillado, su alumbrado público, su ahorro presupuestal o sus apoyos sociales a los sectores en condiciones de marginación.

Hoy los informes de gobierno en los tres órdenes de poder público siguen siendo una pasarela política, si antes se criticaba que el informe de gobierno significaba el día del presidente, hoy vemos con cierta duda que eso permanece, solo han cambiado las formas, los modos y los humores presidenciales. Hoy en torno a los informes de gobierno se hace todo un circo, un montaje escénico en favor de quien tiene y ostenta el poder. Ya no existen los carros descapotados y el confeti brotando de los balcones, pero eso ha sido sustituido por pequeños auditorios, por selección de público asistente que no cuestiona lo informado, por los amigos del presidente, por los empresarios favoritos del presidente y por la clase política que no emite declaraciones contrarias al poder en turno.

Eso ha sucedido en México, desde que el país se metió en el espiral democrático acompañado por la rendición de cuentas, la transparencia gubernamental y la agenda de gobierno abierto. El problema de todo ello radica en que cada gobernante entiende por ese trinomio lo que le venga en gana, sobre todo en lo local donde ante la ausencia de organismos de sociedad civil de alta intensidad y contrapesos políticos, quien ostenta el poder comete abusos permanentes y hace alarde del mismo cuando se trata de informar a la ciudadanía.

México ha pasado sus últimos veinte años con esos eventos presenciales denominados informes, los mismos que cada cabildo firma y acepta, los mismos que cada Legislativo en las entidades aprueba, los mismos que cada Congreso de la Unión palomea cada que un secretario de Estado asiste a la denominada Glosa del informe presidencial. Lo que hemos visto en esas dos décadas es que México no ha podido reinventar la utilidad del informe gubernamental, a pesar de que se haga en auditorios abiertos o con auditorio seleccionado como ha pasado con los últimos cuatro presidentes de la República incluyendo al actual.

Los informes de gobierno servirán siempre y cuando se alimente de critica ciudadana, servirán siempre y cuando existan mecanismos confiables de rendición, transparencia e iniciativas de gobierno abierto a una ciudadanía que conoce su marco de actuación, servirán siempre y cuando existan medios de comunicación profesionales alejados de las componendas del poder y del presupuesto gubernamental. Servirán los informes de gobierno siempre y cuando cambien los modelos de comunicación e información gubernamental en los tres órdenes de gobierno y finalmente, servirán cuando los gobernantes en turno sean del partido político que sean no hagan de los informes circo, maroma y teatro.

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