Opinión

Tapar el sol con un avión.

El presidente Andrés Manuel López Obrador quiere tapar el solo con el avión presidencial. Siempre que se ha visto acorralado por sus malas decisiones, por la caída libre de los indicadores económicos, por las carencias del sector salud y por la crítica situación de seguridad pública, saca de su chistera el tema del avión presidencial. Lo ha realizado tan recurrentemente que hasta parece un mal chiste o ya no es noticia, sino un espectáculo ridículo que se coloca por encima de otros temas nacionales que deberían tener un diseño racional de políticas públicas.

Lo que ha quedado claro es que la rifa del avión será un chiste, porque no habrá rifa y que ahora pasear a algunos comunicadores que cubren la fuente presidencial para conocer los denominados lujos no es otra cosa que una broma de mal gusto. El panorama es que estamos frente a un presidente que prefiere el espectáculo en lugar de dar resultados. Así lo ha hecho prácticamente desde que arrancó su gobierno hasta ahora. Desde su toma de protesta en el Zócalo de la Ciudad de México, pasando por la pedida de permiso a la madre tierra para construir el Tren Maya, hasta la lucha contra la corrupción que no es lucha sino comedia y estrategia barata de política electoral.

Lo importante está en otras cosas, en los indicadores económicos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) y en los pronósticos del Banco de México (Banxico) que alertan sobre la precaria recuperación económica, en el mal manejo de la salud pública, en la carencia de una política energética, pero esos temas el presidente los evita de manera sistemática o desvía la atención. Él prefiere hablar y acusar sin descanso como lo hizo semanas atrás con el caso de la extradición de Emilio Lozoya o dar órdenes sin consultar a sus secretarios de Estado como lo realizó en la Secretaría de Comunicaciones y Transportes.

Ante la adversidad y los malos manejos del gobierno federal, el presidente decide tapar la realidad con la enormidad del avión presidencial. Pero la realidad lo desdice, lo descobija o lo exhibe como un presidente que no delega, que no escucha y que no tiene preparación para el estudio, diseño, elaboración e implementación de políticas públicas que detengan el daño que se ha hecho hasta el momento con la desaparición o erosión de organismos autónomos y de partidas presupuestales estratégicas para el desempeño del gobierno federal.

Banxico ha descrito en diversas ocasiones -desde antes de la emergencia sanitaria- que la economía se va a deteriorar, de acuerdo al organismo autónomo el balance de riesgos para la inflación se mantiene incierto y persiste la preocupación por la situación de Petróleos Mexicanos (Pemex) y si existe recuperación será lenta y complicada. Para magnificar el deterioro social, el retiro de las Afores por desempleo aumentó desde que antes de la pandemia, de enero a mayo los trabajadores mexicanos retiraron 6 mil 685 millones de pesos de su cuenta personal, es la cifra más elevada desde el año 2005.

Inegi ha mostrado que la afectación se ha dado en 93.2 por ciento de las empresas nacionales. El 92.2 por ciento de las unidades de negocio no recibió apoyos luego de la pandemia del Covid-19, ello implica que de 1.87 millones de empresas en el país solo 146 mil 782 accedieron a alguno de los apoyos gubernamentales. Dicha información contradice lo que cada tarde se anuncia desde Palacio Nacional a través de la Secretaría de Economía. Pero el presidente ha preferido ver hacia otro lado.

En el sector turístico los datos contradicen la narrativa presidencial y no hay avión presidencial o show mediático que tape la dramática situación, los reportes oficiales indican una caída de 92 por ciento, la estimación es que se perderán 2,400 millones de dólares. Ello es importante y debería ser de especial atención para las autoridades mexicanas, porque el sector turístico solo está por debajo del sector automotriz y del envío de remesas de mexicanos en Estados Unidos. En cifras representa el 9 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), y es el generador del 6 por ciento de los empleos en el país, las pérdidas a mayo de este año alcanzan los 500, 000 millones de pesos, lo cual en costo representa la inversión en 3.5 trenes como el Tren Maya.

A pesar de insistir en la rifa, venta del avión presidencial como distractor y como narrativa de la corrupción del pasado, los datos de la criminalidad desnudan los dichos del presidente López Obrador. Al cierre del primer semestre de este año se cuentan 14 mil 641 víctimas por homicidio doloso, un incremento de 3 por ciento respecto al año anterior y por si fuera poco México cuenta con 6 de las 10 ciudades más peligrosas del mundo de acuerdo con un reporte del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal.

Ante toda la realidad manifestada por indicadores reales, el gobierno federal que encabeza Andrés Manuel López Obrador no ofrece expectativas, ni futuros para todo el tejido social, solo promesas y anuncios de combate a la corrupción como doctrina para sus fieles. Se repite tanto esa narrativa que ya no es creíble en muchos sectores productivos. Lo que existe al día de hoy es un gobierno que se mueve en la opacidad, que permanece atrapado en la burbuja de AMLO, que se ofende cuando se trata de compararlo, que no tiene un mínimo de aliento por acceder a la transparencia y la rendición de cuentas, que no genera certidumbre y que cada día va dinamitando su retórica porque en la práctica no genera los resultados esperados.

Estamos ante un gobierno que va perdiendo paulatinamente el control tanto en lo social, en lo político y en lo económico, que no atiende recomendaciones, que le preocupa solo la política electoral, que no tiene control de crisis, que no quiere aprender de otros, que hace evaluación sobre las rodillas, que se empecina en su verborrea, que no genera coordinación con empresarios y con gobernadores, que no sabe de política pública. Es un gobierno que ha preferido el show y tapar el sol con un avión ante el desastre anunciado.

 

 

 

 

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