Porfirio López

Un año después ¿qué ha cambiado?

¿Qué ha cambiado un año después de la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de la República? Respecto a los últimos tres gobiernos anteriores pareciera que muy poco o casi nada. La inflación está controlada, el modelo neoliberal está intacto, la clase media sigue soportando embates de política fiscal, los partidos políticos no son la solución a los problemas públicos, el presidente de la República concentra todo el poder, la estabilidad macroeconómica se mantiene como hace veinte años, la pobreza sigue siendo un desafío, los jóvenes de quince años según PISA no tienen resultados adecuados en matemáticas, ciencias y español, la polarización social está a la alza, la discriminación cunde en todos lados, la criminalidad sigue escalando, no hay liderazgos visibles, seguimos contando muertos, desaparecidos y feminicidios y la vecindad con Estados Unidos sigue polarizando nuestros anhelos históricos de crecimiento económico.

Así las cosas, luego de un año de la anunciada Cuarta Transformación existen cosas muy similares a los gobiernos neoliberales. Sobre AMLO han corrido en este último año ríos de tinta, sobre su conferencia mañanera, sobre sus eventos masivos, sobre sus viajes en avión comercial, sobre sus deficiencias en temas de seguridad, sobre su retórica que acusa al pasado de todo, sobre sus ocurrencias y chistes de mal gusto, sobre sus secretarios de Estado que siguen sin aparecer, sobre sus compras gubernamentales y adjudicaciones directas, sobre sus erráticas clases de historia o moralidad y sobre su estilo personal de gobernar.

En materia económica el país no crece y no es culpa de AMLO, el país no crece lo suficiente desde hace dos décadas y la llegada de López Obrador a la presidencia y su retórica estridente no sirvió para dibujar escenarios optimistas para la inversión en infraestructura, sobre todo porque lo anunciado desde la conferencia mañanera y anotado en el plan nacional de desarrollo arrojó altas dosis de incertidumbre. El país no crece en gran medida porque el presidente ha dicho una y otra vez que la corrupción es el gran problema y él en lugar de poner orden acusa al pasado y busca en los cajones villanos: Medina Mora, Rosario Robles, Romero Deschamps, Emilio Lozoya, Ruiz Esparza. Escogió a un desangelado Felipe Calderón y evitó a Enrique Peña Nieto y a un año de distancia ello no le ha redituado lo suficiente. Calderón va viento en popa a formar un nuevo partido político y Peña Nieto permanece enamorado.

El país con AMLO no ha mejorado lo suficiente en el tema de la violencia criminal, las ejecuciones se mantienen, los grupos de crimen organizado siguen creciendo en diversas entidades y regiones, el gobierno actual al igual que los dos anteriores mantiene la misma política de seguridad, el ejército en las calles junto con efectivos de la Marina y ahora la denominada Guardia Nacional no han sido la solución, al contrario se ha elevado el número de homicidios dolosos en la denominada Cuarta Transformación. La llegada de Alfonso Durazo a una resucitada Secretaria de Seguridad Federal no ha disminuido la incidencia delictiva, por más mañaneras y por más empeño que pone el presidente en echar culpas al pasado neoliberal. En el tema de seguridad la Cuarta Transformación ha exhibido su impericia y su fracaso al mantener la misma política de Calderón y Peña Nieto.

A un año de distancia la presidencia de AMLO se ha distinguido por la rendición de cuentas como él la entiende. Las conferencias mañaneras es una forma de propaganda efectiva, ocupar el Zócalo de la Ciudad de México a los cien días, en julio para festejar el triunfo electoral y para enviar un mensaje de hora y media para celebrar un año de su toma de protesta como titular del Poder Ejecutivo no es más que una postal del priismo de la mitad de siglo pasado. Así entiende López Obrador que es la rendición de cuentas, alegrar el oído de miles de seguidores que son acarreados en centenares de autobuses, como en su momento lo realizaba el PRI, luego el PAN y ahora Morena.

A un año de distancia la presidencia de la República y el presidente López Obrador ha dibujado un escenario optimista, sólo para él, su gabinete y sus seguidores tanto en la calle como en las redes sociales. Ajeno a la crítica, ajeno a la disidencia, ajeno a las voces que le reclaman resultados. Al igual que los presidentes anteriores, López Obrador endulza los oídos con sus cifras alegres, con sus plantillas de Power Point, no importa si son imprecisiones o si el presidente no sabe de economía, él las machaca las asume como realidad y todo lo demás es “fifí” o es propio de adversarios o la prensa “conservadora”.
En síntesis, hoy tenemos un presidente con aprobación de 68 por ciento que no necesita retórica de enfrentamiento o de chistes socarrones, tampoco se requiere de un presidente que ande de plaza en plaza cuando gobernadores de su partido cometen yerros o no dan resultados. Se requiere para los próximos años un presidente que una lo que él polarizó por años, se requiere un presidente que provoque certidumbre para la inversión, esa que él mismo alejó cuando anunció la cancelación de todo lo que oliera al pasado reciente, se requiere un presidente para los próximos años que rectifique la estrategia de seguridad pública dentro un marco de respeto a los derechos humanos.

No se ganará nada si el presidente mantiene la polarización como eje de su discurso, tampoco se ganará nada si el presidente mantiene su postura de entregar dinero público y contratos de gobierno de forma directa. Por esa ruta ya sabemos que final se tendrá, lo hemos visto en los últimos años. El presidente de la República debe darse cuenta en el corto plazo, que no puede combatir la corrupción abonando más corrupción, no puede combatir la violencia criminal aumentando más militares en las calles, no puede tener crecimiento económico acosando a inversionistas y no puede tener paz cuando él ha decidido ser el promotor diario de la incontinencia verbal y la estridencia social. Un año después ¿qué ha cambiado con AMLO presidente? Muy poco, se tiene al mismo rijoso de siempre, ahora instalado en la presidencia de la República.

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