Opinión

Vamos requetebién.

El presidente Andrés Manuel López Obrador no cambia de opinión y sermón a pesar de tener los indicadores económicos en negativo, en más de una ocasión ha dicho que la economía avanza bien, requetebién ha dicho con eufemismo el titular del Ejecutivo como si fuera doctrina. Y no solo en lo económico, en todos los demás rubros el presidente luce su optimismo: la salud pública va por el camino correcto, sus obras de infraestructura tienen buena cara, sus programas de asistencia social han cumplido, la seguridad pública tiene rumbo, el empleo se va recuperando de prisa, la lucha contra la corrupción es ejemplar y en el tema de la pandemia de Covid, México será ejemplo.

En nada hay señales de preocupación para el presidente de la República, en sus spots de cara al segundo informe de gobierno ha señalado que en el peor momento del país existe el mejor gobierno. El presidente pontifica, señala, se pasea por los pasillos del Palacio Nacional y remata su presentación ante la cámara con un dicho popular: “tengan para que aprendan”.

Tres evidencias contrastan con la felicidad presidencial, en este año el Producto Interno Bruto (PIB) se desplomó 18.7 por ciento y habrá una contracción económica histórica de 19.6 por ciento, efectos nunca vistos en el país durante un siglo de manejo económico, en materia de empleo la cifra más alentadora habla de la pérdida de 555 mil 247 puestos perdidos tan solo en abril y para julio un total de más de 12 millones de empleos perdidos derivados del mal manejo económico, en el tema de la seguridad pública el delito de feminicidio aumentó 32.9 por ciento y en los homicidios dolosos al cierre del primer semestre de 2020, la cifra es de 17 mil 982 asesinatos, un récord de violencia nunca visto desde que iniciaron las mediciones.

Al parecer y pese a la evidencia que ya existe luego de dos años de gobierno, el presidente López Obrador no cambiará su estrategia, se aferrará a su discurso de moralidad política que lo deja a él solo frente a los neoliberales, a los de antes y a los saqueadores de la Nación. Esa Nación que solo se salvará si le hacen caso a sus dichos y sus sermones. En el mundo del denominado “Vamos requetebién” pueden renunciar sus secretarios de Estado, pueden comprarse menos medicinas, pueden tomarse decisiones sin razonamiento, pueden anunciarse beneficios sociales sin medición, ni evaluación, puede aumentar la criminalidad, pueden darse adjudicaciones directas a empresas recién creadas y se puede aplicar justicia selectiva.

El presidente señala diariamente la corrupción del pasado para no ver el presente que tiene de forma cotidiana desde que inicio su gobierno en diciembre de 2018. Este estribillo sabe que le reditúa bonos de popularidad, pero en el fondo sus argumentos no tienen racionalidad. Un ejemplo que muestra la irracionalidad presidencial es el anuncio del rescate de los mineros fallecidos en la explosión de la mina Pasta de Conchos ocurrida en el sexenio de Vicente Fox, luego de la promesa fácil, todo quedará en la construcción de un monumento para honrar sus vidas.

Otro botón que muestra que el presidente no sabe o está mal asesorado es la reciente acusación sobre el financiamiento de Organizaciones de la Sociedad Civil. El presidente ignora que las OSC se fondean legalmente desde el exterior, que existe una ley federal y un reglamento para actividades objeto de fomento y que no existe nada ilegal cuando una OSC dedicada a sus actividades legalmente y fiscalmente constituidas, reciba donaciones. El presidente olvida que, gracias a las investigaciones y mediciones de las OSC, él pudo arremeter en la plaza pública contra las acciones y resultados de sexenios anteriores.

Lo que tenemos enfrente luego de dos años de promesas en varios rubros de la Administración Pública, es un presidente extraviado, que no concede críticas o recomendaciones, tenemos un presidente que considera que su idea de austeridad que tanto pregona cada mañana de manera ilusoria, dará en automático los frutos de un gobierno eficiente, eficaz, transparente, con resultados medibles y evaluables.

A dos años de distancia el presidente tiene que informar porque durante su mandato no existe inversión suficiente, tiene que explicar porque el país tiene elevados indicadores de criminalidad y desapariciones, tiene que dar la cara por la crisis de salud pública que viene desde antes de la pandemia del Covid-19. El presidente ya no tiene margen para seguir su vendaval de acusaciones al pasado neoliberal. Tampoco puede utilizar la extradición de Emilio Lozoya Austin para exponer nombres de ex funcionarios de sexenios pasados, que por el debido proceso pueden quedar en libertad debido al desaseo informativo que emite el titular del Ejecutivo.

Ahora se ha sacado de su chistera de temas el asunto de la consulta popular para enjuiciar a expresidentes. El presidente coloca el tema en la agenda pública sabedor de tres cosas, la primera es que es un deseo de miles de ciudadanos; la segunda el tema le otorga oxigeno político de cara al proceso electoral del año siguiente y la tercera lo mantiene en tasas de popularidad y aceptación ante sus adoctrinados, fieles, fanáticos y matraqueros. Así el presidente de la República sigue colgado de su tema favorito: el combate a la corrupción. Pero no para aplicar justicia, ni para limitarla, sino para obtener votos en las elecciones intermedias. No va a ser novedad que los futuros candidatos del partido oficial ocupen el discurso presidencial para ganar adeptos, pensando que el 2021 es el 2018.

 

 

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